Santa María, Madre de Dios


En artículos anteriores hemos hablado de aquel dolor, tristeza y desesperanza, que, de forma natural, sentimos frente a la muerte de un ser querido. 

Pero con esa misma naturalidad en la que afloran esos sentimientos debemos ir comprendiendo que la muerte de alguien cercano para una persona con fe, es una experiencia de alegría-dolor: «La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo. (Misal Romano, Prefacio de difuntos). Es esa transformación, la verdadera vida, es una vida que no termina. La muerte es el verdadero comienzo, en la verdadera existencia frente a Dios. 

También en más de una oportunidad hemos mencionado cómo prepararnos para el momento en que Dios nos llame, ya que como nos menciona el evangelio “estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre” (Mateo 24, 44) y es en esa preparación en donde nuestra Madre Santa María nos quiere coger de la mano y caminar a nuestro lado, en esta vida terrena, y con ella llegar al momento de estar en presencia de Dios. Rezando de corazón y entendiendo lo que decimos podemos hacer realidad esa súplica que vive dentro del “Ave María”: “…Ruega por nosotros, los pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte”. 

Con la intercesión de María, la Iglesia nos anima a vivir preparados para el momento de nuestra muerte. Nos motiva a vivir día a día actuando de acuerdo con la voluntad de Dios. Orando por los demás. Pidiendo “que nos libre, de una muerte repentina e imprevista” (Letanías de los santos) (Catecismo de la Iglesia Católica 1014). La promesa está dada, nuestra Madre no nos dejará solos en ese momento. 

Recuerda, si comenzamos a vivir de verdad y en la Verdad, estaremos preparando a los nuestros, educándolos, para que, en el momento de nuestra partida, la alegría prevalezca por encima de la tristeza y la esperanza sea una certeza, una realidad. Asimismo, hoy en el Día de las Madres, queremos recapitular algunas de las enseñanzas que nos dejó María. 

Ella con su vida nos dio un gran ejemplo de confianza en el Plan de Dios. 

1.- Su obediencia. Al anuncio del arcángel Gabriel, María respondió: “Hágase en mí según tu palabra”. La obediencia ante la misión que Dios le encomendó hubiese implicado que las personas la señalen y duden de su integridad. Sin embargo, María no se detuvo a pesar de las posibles consecuencias que esta acción traería; todo lo contrario, su corazón bondadoso y lleno de fe pudieron darnos a Jesús, nuestro Salvador. 

2. Su esperanza. Ella nos enseña a vivir alegres y en oración con el Señor. A pesar de las pruebas y complicaciones debemos ser constantes en el amor y confiar en Él. Ya que hará grandes obras en nosotros sus hijos para enseñar que lo último que se debe perder en esta vida es la esperanza. 

3. Su humildad. Desde una perspectiva humana, ella tenía al hijo perfecto y se le había otorgado el mayor de los privilegios. Esto podría haber sido objeto de orgullo, pero en María descubrimos su humildad y sencillez. Recordemos especialmente el pasaje en que visita a su prima Isabel donde no dudo en ayudar a quien lo necesitaba haciendo del servicio un gesto pleno de humildad. 

4. Su fe. “El Señor está contigo; bendita eres tú entre las mujeres”, fueron las palabras pronunciadas por el arcángel Gabriel en el encuentro con María. Ella, en su humanidad, era una mujer virtuosa, llena de gracia y modelo de fe. Fue ella quien sostuvo con su fe a la Iglesia confiando plenamente en la promesa de resurrección de su Hijo. Así, con el ejemplo de María, la mejor inspiración, todas nuestras madres ensanchan su corazón por el amor hacia nosotros. 

Abrazando con toda obediencia, esperanza, humildad y fe, su maternidad, encomendada por Dios, en la familia y la iglesia.

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